FEDERICO HERRERO DIRECTOR PROFESOR DE TEATRO...El discurso sobre las emociones, como si éstas fueran la esencia del teatro, no tiene en cuenta esta distinción fundamental.
Para que un actor pueda ocupar el lugar del personaje tiene que dejar espacio en su mente y en su cuerpo para que ese -ser etéreo- y ficticio se encarne, se haga visible.
Quien en escena tiene problemas con su imagen, con la idea de sí mismo, y es incapaz de alejar de su mente la preocupación por sí mismo, se convierte en un mal actor que incomoda a los espectadores.
Los espectadores no quieren enfrentarse a los problemas de un actor, sino a los de un personaje, a los conflictos que atormentan o mueven a un personaje.
Para poder encarnar e interpretar a un personaje, el actor ha de tener la capacidad de verse a sí mismo desde fuera, desde la mirada de los otros, los espectadores. Verse a sí mismo como otro.
En actuación, el actor al desplazar su ser y existir hacia un rincón de su interior, algo nuevo e imprevisible surge: la mirada del actor se libera, la voz del actor se libera, el gesto del actor se libera, el cuerpo del actor sigue su propio impulso creativo.
Sólo desde el abandono, la serenidad, el desapego y la concentración fluida puede el actor realizar plenamente su papel.
La fluidez está relacionada con la conductividad: cuanto más frío está un metal, mejor conduce la electricidad, la energía.

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